• Pajareando en Navidad...









    En el intento de sortear actitudes y de sopesar acciones, no tuve otra opción que sacar a flote mi elocuencia. Así que me dediqué a oír, mirar y hablar poco. Dije una que otra cosa, pero no lo fundamental, eso sí, lo poco que dije y diré será puntual y sin el menor brillo de duda.

    Antes que la idea se enajene y se enclaustre, debemos, como sujetos portadores de la misma, no enajenarnos o enclaustrarnos. Sumo a Hegel con Marx, tal vez es una manera tramposa de encerrarlo todo; no me importa que los puros, en lo que respecta a definiciones, frunzan el ceño.

    Para ejemplo de lo anterior mencionaré un momento que llevo guardado en mi cartera de fina seda, donde escondo actitudes interesantes para sacarlas en situaciones adecuadas. Sucedió una tarde en la que mi sentido del humor se encontraba rayando la nulidad. Quería terminar algunos encargos y regresar corriendo a mi cueva, lugar que desde hace varios meses me es tan placentero. El centro comercial, escenario del evento que contaré, albergaba multitud de jóvenes y muchachitas que hacían ruido: semejante a un cántico aborigen. Hoy las plazas de ventas se hacen competencia unas a otras, para ganar en tamaño y opciones de venta, esa es la única meta establecida. Me dirigí al segundo piso para comprar en la tienda de mascotas alimento para ninfa. Mi ave tiene el porte de la aristocracia volátil, come con soltura sin dejar regadas migajas ni semillas. Tiene un copete de colores que crece coordinado y a la par con el tiempo. Su cola es una auténtica maravilla, reposa desde el final de su lomito y abarca casi toda la jaula, es por eso que la ninfa, tiene que dar saltitos coquetos para voltear de un lado a otro, protegiendo su larga colita. Sólo por esto y por los jolgorios que cada mañana alegran el patio de la casa, tolero ir a comprar su alimento. Imagínense que cada kilo de semillas cuesta un dineral, y la avecilla en cuestión no traga otra cosa más. Mi perico es más como yo, un plebeyo que disfruta de la vida, canta la marcha todas las mañanas, mira detenidamente a la complicada ave copetuda, como analizándola, y come lo que ese día se nos ocurre dejarle en la bandeja de su encierro; en esta temporada navideña le va bien: cacahuates, cañas, limas, mandarinas, tejocotes, jícamas, guayabas y si nos descuidamos, hasta el pavo se come el tragón.

    Entré a la tienda y lo primero que vi fue a un animal vestido de muchacho; hay que reconocer que ciertos animales se mimetizan fácilmente con algunas personas. Posando en un antebrazo, descansaba una guacamaya de colores vivos y pupilas giratorias, su pico giboso de color azul me recibió; por precaución me retiré a buena distancia, no en balde sé lo que pueden hacer esos picos en la epidermis y dermis de una persona, mi perico me ha dado lecciones de vida muy profundas. El antebrazo pertenecía a un chico con nariz aguileña, que seguro utiliza un frasco completo de gel para lograr un parado perfecto del poco pelo que la naturaleza le proporcionó, agregado a ese efecto tieso estaba el color: rojo pasión. El uniforme que vestía era de un verde carnavelesco. Ambos coloridos (animal, hombre) hacían juego. ¿Quién se parecía a quién? En identificar a las dos especies me distraje varios minutos. "Y la asociación protectora de animales, ¿permite el tráfico de influen... Mmm, de especies animales? O, ¿por ser centro comercial se le cambia de apelativo y en lugar de ser tráfico es "ya pico y ya chingó?" La vocecita inquisitiva resultó salir de un cuerpo delgado, una jovencita con lentes en peligro de rebotar en el piso y con dentadura frenada por rieles metálicos. "Bueno, ese es mi punto de vista", dio vuelta y salió del local. Quede en pausa, mirando al chico-guacamaya, lanzándole fuego con la mirada a la interesante muchachita.

    Aquí hago pausa para rebobinar.

    Alienarse, enajenarse es perder una parte de si mismo, alelarnos en pensamiento y comprometer lo bueno sin analizar lo conveniente.

    Cuando descubro que el inconsciente colectivo es sacudido por algo puro y objetivo, siento que las tripas se me vacían pero al mismo tiempo recupero la esperanza. Diarrea mental de puritita alegría es lo que me sucede, y más en estos tiempos, tan escasos de mentes jóvenes y lúcidas.

    Compré el alimento de la aristócrata voladora y salí con una sonrisa estúpida en la cara, espero encontrarme sacudidas de ese tipo con más frecuencia.



    Esta Navidad habrá escasez de muchas cosas: equidad, paz, democracia, pavos en la mesa de los pobres, intelecto para los políticos, congruencia para los humanos.

    Deseo que sacudan su consciencia de vez en cuando, la alienación es una plaga que debemos contrarrestar con uñas y dientes.

    Yo por el momento me divierto recibiendo y proporcionando abrazos y besos.



    FELICES FIESTAS





    Foto de Andreas Heumann





    Mafalda desde si misma...



1 locos como ella comentando:

  1. W dijo...

    Mi querida Mafis:

    Y sí... a veces las personas nos sorprenden cuando menos lo imaginamos...

    Yo vengo a divertirme contigo te dejo hartos abrazos y besos...

    Y espero que ese trámite ya esté al 100% (me emociona mucho saber a lo que vas allá)

    Besos