domingo, 21 de octubre de 2012

"G" y mis puntos...







No olvides disfrutar la rola…



La experiencia de ver el cielo y sus constelaciones, ha inspirado a escritores y poetas:


“Mientras pasa la estrella fugaz
acopio en este deseo instantáneo
montones de deseos hondos y prioritarios
por ejemplo que el dolor no me apague la rabia
que la alegría no desarme mi amor
que los asesinos del pueblo se traguen
sus molares caninos e incisivos
y se muerdan juiciosamente el hígado
que los barrotes de las celdas
se vuelvan de azúcar o se curven de piedad
y mis hermanos puedan hacer de nuevo
el amor y la revolución
que cuando enfrentemos el implacable espejo
no maldigamos ni nos maldigamos
que los justos avancen
aunque estén imperfectos y heridos
que avancen porfiados como castores
solidarios como abejas
aguerridos como jaguares
y empuñen todos sus noes
para instalar la gran afirmación
que la muerte pierda su asquerosa puntualidad
que cuando el corazón se salga del pecho
pueda encontrar el camino de regreso
que la muerte pierda su asquerosa
y brutal puntualidad
pero si llega puntual no nos agarre
muertos de vergüenza
que el aire vuelva a ser respirable y de todos
y que vos muchachita sigas alegre y dolorida
poniendo en tus ojos el alma
y tu mano en mi mano

y nada más
porque el cielo ya está de nuevo torvo
y sin estrellas
con helicóptero y sin dios.”

≈Mario Benedetti≈


Pero existimos también los que disfrutamos ver el fondo de las cosas desde la perspectiva que da una posición alta: azoteas, rascacielos, ventanas de aviones, helicópteros, penthouses. La costumbre de ver hacia el suelo desde la altura es algo un poco bizarro que me gusta experimentar. Cuando tengo los pies en el suelo y camino, busco de forma mecánica algo donde subirlos: jardineras, plataformas, salientes altas, etcétera. Ya montada en cualquiera de ellas y, a falta de alguna posición más elevada, busco el suelo e identifico lo diminuto.  Es una práctica que consiste en jugar con proporciones; un ejercicio para no perder la humildad ni los parámetros de lo real.
Cuando se presenta la oportunidad, me subo a los últimos pisos de cualquier edificio para ver el movimiento de los carros, de la gente, los colores; por la noche los autostops o las luces de intermitencia: manifestaciones eléctricas de vida animada e inanimada. Presiento que mientras más alto sea mi lugar de observación, llegaré hasta el fondo del asunto.  Colocada en mi observatorio personal, localizo puntos y luego, al tocar tierra, la tarea consiste en encontrar el punto que vi en las alturas y asimilarla de cerca. A esto me ha dado por llamarle perspectivas comparadas.

Hace poco pasé una deliciosa noche de amor y revolcón en el departamento de “G”. Él vive en uno de los penthouse de las nuevas torres que están sobre el circuito interior.  La vista a la ciudad desde el departamento de “G” roba el aliento. Aún con la embriaguez del orgasmo, fui al ventanal para ver el suelo. Antes de ir a disfrutar del espectáculo, me detuve a contemplar a mi adonis. Yacía con la flaccidez que proporciona la fatiga. Descansaba de lado izquierdo, cubría su sexo con sus dos manos y sus nalgas tensas, brillaban con la luz tenue de la lámpara de buro; suspiré sólo de recordar.  Con su camisa cubriendo mi desnudez, me acerqué al ventanal de vidrio grueso y doble protección. La sangre subió nuevamente hacia mis mejillas, el corazón galopó.  Mis ojos recorrieron las venas de la ciudad, iluminadas por flujos lentos y coloridos. El fondo del abismo semejaba arena movediza. Tardé en localizar en centro de confluencia donde nace y llega todo; el punto generador de potenciales. En eso estaba cuando una mano desvió mi concentración; sus dedos se abrieron paso por detrás con facilidad hasta mi húmeda vagina y se lo permití.  Y ahí, en el ventanal donde me gusta ver puntos y localizar el centro y fondo del abismo, alguien localizó mi punto y me penetró, haciéndome caer a la vorágine y subir de golpe al cielo.

Mafalda desde si misma...


Foto de




sábado, 29 de septiembre de 2012

Sirena...





Escuchen la rola

Sin antecedentes de por medio, ésta soy: escribana que atesora su soledad como si se tratara de un hijo. Desnudándome con letras ante aquel que se asome a leer. Me defiendo con flechas puntiagudas, de brujas con dientes afilados y navajas barberas. Me divierte descubrir que mi astucia, incluso, mi presencia, saca a flote complejos en otras personas.
Ésta soy con mis carencias y miedos. Me muestro tal cual y, de inmediato, repelo a los falsos, arrogantes, pretensiosos. La gente auténtica encuentra acomodo a mi lado. 
Soy de sonrisa fácil. Me burlo de la estreñida falsedad de clase, de sueños de pose y baños de pureza. No soy vulgar soy franca, sincera. Rechazo la doble moral y la falta de sentido social.
Por miedo, no me enamoro fácilmente. Tengo la virtud de Momo: soy capaz de escuchar por horas y, sólo porque sí, busco a mi Casiopea. 

Para colmo, estoy sujeta a los caprichos de un sentimiento que tomó forma y por momentos acción. Me jala hacia torbellinos y me hunde en mares donde me sujetan animales marinos. Mi carne morena es acariciada y al instante llegan los recuerdos. Flores blancas en el fondo del mar me llaman y ahí me quedo, envuelta entre tentáculos, pecando con la memoria, sin nadie que me guíe. Boca arriba, floto; voy consumiendo el oxígeno poco a poco. De nada me servirá mi entrenamiento de natación diaria...
Cuando Tritón aparezca, no deseo que nadie me auxilie. 
A ver si no me ahogo un día de estos…

Foto de First Chapter: Cast

Mafalda desde si misma.



sábado, 15 de septiembre de 2012

De por qué no fui Psiquiatra...








Hablaba acerca de sus viajes a lugares lejanos. Describía ciudades y experiencias a detalle. La colección de autos antiguos de su padre, se convirtió en el sueño dorado de varios. Sus padres conocían Europa como la palma de su mano; pronto viajaría con ellos a Tokio. Les traeré unas postalitas, un día nos dijo despectiva.
Le pondré por nombre Rebeca a esta mujer que conocí en la facultad de medicina, el verdadero me lo guardo en el baúl de los recuerdos. 
Rebeca tenía una memoria prodigiosa, característica elemental y necesaria para poder recrear con detalle y sin contradicción, la infinidad de cosas que ella decía conocer y hacer. Fruncía la nariz cuando alguien le invitaba a por una torta, unos tacos o tamales; decía no con un movimiento leve y rápido de su dedo índice. Sentaba su corpulencia regordeta y compacta de tal forma, que parecía temer contagiarse de alguna especie rara de acaro asesino que vivía en las bancas y sillas. Contraía su cuerpo a la mínima expresión, por supuesto no lo lograba, y retenía por momentos el aliento, para luego, sacarlo en soplitos lentos. Todas estas poses eran con la finalidad de mostrar una actitud de sofisticación. Fumaba con boquilla y la manera de cruzar las piernas, le extendía las caderas hacia los lados, haciéndola ver muy ancha.
Rebeca era mitómana. Desde el primer momento que la escuché y miré lo supe y  al mismo tiempo también, descubrí que yo no tendría la paciencia de un Psiquiatra.  Cuando Rebeca empezaba con sus delirios de grandeza, yo daba media vuelta y dejaba al grupito tolerante ahí, escuchando fantasías. Intenté no sentirme irritada cuando descubrí que Rebeca esperaba hasta que todos nos retiráramos de la facultad, para ir a buscar a su padre anciano, que aguardaba en un volkswagen viejo, cerca de la facultad de filosofía y letras para llevarla a casa: Rebeca se avergonzaba de él.  Esa buena memoria y capacidad de retención le ayudó para sacar notas sobresalientes. En sexto semestre tomamos diferentes caminos. Hoy no sé si logró ser y tener lo que anhelaba en sus delirios: casarse con un extranjero, culto y millonario.
Admito que no tolero a los mitómanos, a los que no se aceptan tal como son, a los acomplejados: son tan infelices. Y mucho menos los soporto, cuando en aras de ser aceptados y tener credibilidad en sus poses falsas, provocan un ambiente que perjudica a terceros.   Decía Antístenes: su propio carácter los corroe tanto como la herrumbre al hierro. 


Recuerdo del día:  Para esas “faltas” habrá que comprar el relleno.  Me hubiera gustado delinear su sombra y después, a través de ella, crear uno igual a él para dormir en sus brazos cada noche.
El fetiche que no habla. “Las violetas son flores del deseo” de Ana Clavel es una historia acerca del proceso de sustitución. Julián Mercader sustituye con muñecas la pasión por su hija y que lo enloquece. Un libro sensual y sexual. 
Inicia Ana Clavel: “La violación comienza con la mirada”. 
Una recomendación para los que disfrutan la psicología de los personajes.


Foto de The Big Sis





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